Después de todo un partido defendiendo como acostumbra, Giménez subió a rematar un córner en el minuto 89. Uruguay había tenido ocasiones suficientes para marcar, pero se le iba la victoria. Cavani acababa de disparar al palo y Suárez desperdició tres ocasiones. Dos de ellas se las paró El-Shenawy, el hombre del partido hasta que llegó ese córner. Giménez remató como Ramos y llegó el 1-0. En la celebración acabó sepultado por un túmulo de uruguayos. Así juegan, son una piña más que figuradamente
La cara de Salah volvía a ser un poema. Le hemos visto sonreír todo el año y ahora le vemos lamentarse. Contra lo avisado, la estrella faraónica («El Faraonito» era Quique) se había quedado en el banquillo. Salah, cuyo fútbol fue definido como similar al de un ewok, fue sustituido por Warda, más parecido a Fellaini que al propio Salah. No entró ni un minuto. Un futbolista cojo es imposible, ¿pero no hubiera sido peligroso un Salah manco?
Egipto volvía al Mundial después de casi 30 años. Su euforia era imaginable, aunque no podía competir con la de los uruguayos. Hay himnos sin letra, himnos que se cantan e himnos que se gritan, como el suyo. Es una de las selecciones de mayor vigor patriótico. Tres millones de personas con dos mundiales y bastantes Copas de América. El empuje inicial fue uruguayo, con Egipto replegado y Suárez dirigiendo la presión como si mandara a sus hombres a morir líneas enemigas. Él daba las instrucciones en el campo, Cúper en la banda. Tabárez miraba desde otro plano con sus muletas. Uruguay tiene delante a Cavani y Suárez delante y a Giménez y Godín detrás, pero entre medias no hay mucho significativo. Bentancur intentó dirigir pero es tímido y el resto de la media es joven pero estática. Faltó velocidad, desborde. No solo hay un vacío generacional entre las lineas, hay otro táctico. No hay mediapunta y son Cavani y Suárez (en la medida de lo posible hay que evitar decir «la dupla charrúa») los que han de bajar a combinar. La impresión es que se tienen que preparar ellos la jugada y rematarla.
La seriedad de los egipcios fue revelando la escasez del fútbol uruguayo. No puede extrañar con Cúper en la banda. Con él los egipcios sudarán lo que no sudaban desde la construcción de las pirámides. Ronaldo dijo ayer que fue el peor entrenador que tuvo. Les hacía correr y les pegaba golpes en el pecho. No pudo soportarlo, explicó ayer en la televisión brasileña, así que dejó el Inter. Egipto salvó la distancia entre sus modestos jugadores y las estrellas uruguayas. Los equipos suramericanos juegan como los europeos, los africanos como los sudamericanos y los europeos como los sudamericanos otra vez.
En la segunda parte, como Uruguay no avanzaba, Tabárez retiró a sus alas, que no eran tales, y metió a Carlos Sánchez y el Cebolla Rodríguez. Mejoró un poco. Los laterales subieron más, hasta desfondarse, y el Cebolla dio algo más de verticalidad.
Cavani le dio un balón a Suárez y falló; luego Suárez se lo dio a Cavani, y también falló. Dos nueves jugando el uno para el otro tiene algo vagamente homosexual. Son iguales, saben exactamente lo que el otro necesita. Las ocasiones se las trabajaron entre los dos y cuando no fue así vinieron de córner. Tuvo que ser Giménez el que después de hacer el trabajo en su área lo hiciera en la otra.
